Volver a Milly

Querido diario, ayer salí por primera vez:

En la mesa de al lado estaba un amigo del hijo del dictador. Lanzándose unos taquitos como yo con mis amigos del colegio y agregados, como si nada, como si todo estuviera normal (que es el slogan de los que apoyan la libertad selectiva que significa vivir bajo el gobierno del Frente Sandinista). En mi mesa se recordaron viejos cuentos del colegio, de la UCA, y se convenció a la cumpleañera de ir al concierto de Milly Majuc.

Milly es la banda que más seguí en mis tiempos universitarios, y estaban ahí con ligeros cambios y unas cuantas arruguitas que comienzan a salir 10 años después de que empezaron a sonar en mis playlist. Más de dos ocasiones en el bar tuve aquel recordatorio de que soy la «hermana de». Cosa que a diferencia de la yo adolescente, ahora me hace feliz. Soy eternamente la hermanita de mis dos hermanos y mi hermana, y me toca saludar o disfrutar los buenos tratos en cualquier espacio managüino.

La primera fila frente a los Millys ya no me pertenece, ni a mi ni a los de mi generación que estaban ahí. Son nuevos chavalos, nuevas caras. Cantan canciones que ya no me sé, señal de mi ausencia intermitente los últimos 5 años. Tocaron todas las canciones de aquellos primeros conciertos en el Reef como si fuera una sola, al final. E introdujeron «Güegüense war» con un «a ver si se acuerdan».

No fue solo ese golpe de cómo puedo medir con la evolución de los Millys el tiempo que ha pasado. También fue esa nueva Nicaragua, golpeada. Que vive su 31 de julio (porque mañana es feriado!) como una mujer que sufre de violencia doméstica se maquilla y sale a vivir la vida «normal». Fue, por primera vez para mí, escuchar consignas en vivo. Porque toca gritarlas en algún lado mientras esté «prohibido» en las calles, y los cuántos segundos entre canción y canción, además de la oscuridad y esa idea de que estamos rodeados de una mayoría que piensa igual, se prestan para eso. Sin policías, sin banderas, solo un momento para gritar «Nicaragua», «Cual es la ruta?» y la famosa frase del sobaco peludo con los gritos de «Misóginos!» de la Olga al fondo. Qué lindo escuchar a la gente gritar, y la libertad de la Olga de estar en desacuerdo. Qué gran momento creer que tenemos, en este país, derecho a estar en desacuerdo y expresarlo sin ir preso, muerto o asediado.

Milly toca también una canción que pregunta «Qué vas a hacer cuando lleguen a tu casa?» y la gente se la vive, me pregunto si buscaban una respuesta a esa pregunta como lo hice yo. Qué extraño inframundo anti-dictadura, de liberación y expresión, de baile y desahogo de las energías. Algo así como antes, pero ahora en resistencia.

Fue todo un viaje verlos a todos caderear, quedarse encendidos con los Fabulosos Cadillacs después del concierto, y yo pensar «la gente en Francia entendería tanto sobre mí participando de este concierto, en este bar, con esta música».

Seguía pareciendo una noche normal, pero bailabamos al lado de chavalos que están muy organizados contra la dictadura. Algunos ya han sido detenidos por protestar, una noche y hasta meses. Dos presos políticos andaban ahí, y yo daba vueltas en la cabeza preguntándome «Cómo le digo que desde tan lejos he pensado en ellos y he orado por su libertad?». Cómo decirles, con ese pánico de que se les suban los humos como suele ocurrir en Nicaragua con los personajes políticos admirados, que me alegra verlos bailar a mi lado sin su uniforme de reo azul.

Tantas caras que no conozco, y yo ya sé de varios que se reúnen con ex revolucionarios para imaginar cómo jodidos se saca un dictador del siglo XXI sin armas, cómo jodidos convencemos a los armados de que no las usen, cómo jodidos procesamos tanta mierda.

Siempre escuché historias de la época de la dictadura de Somoza, y nunca entendí, por ejemplo, cómo se iba todavía a clase cuando desaparecían alumnos cada cierto tiempo. Hoy entiendo tanto.

Alguna vez dije que por ser nica, sé querer países desgastados y disfuncionales, sé querer (MUCHO) «a pesar de». Hoy más que nunca es el caso. Mi país secuestrado vive un viaje muy loco y necesita como sociedad de un sicólogo que le ayude a sanar. Pero qué se puede sanar cuando el cáncer sigue ahí arriba con plata y armas?

Quise también hablar con Mario, uno de los cantantes de Milly y agradecerle por la música, que me acompaña a acompañar todo lo que vive mi paisito desde tan lejos. Quise hacer tantas cosas, mi cabeza viajó tanto, analizó tanto, imaginó tanto. Pero desde fuera se veía una loca feliz de escuchar el Güegüense War, con la misma euforia que los chavalos más jóvenes, que los organizados que logran presionar al gobierno más desde la acción y menos desde las redes sociales, los chavalos liberados después de estar presos varios meses, los chavalos ansiosos esperando un silencio de la banda para tirar una consigna… todos chavalos, todos nicas, todos sedientos de libertad real.


Rodrigo Rodríguez

Vegetoflexible. Defensor de causas nobles y sinceras. Me gustan las bicis, los mapas y las compus. Mente detrás de Sonalli.

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